PRECARITY AND YOUTH

jueves 23 noviembre 2017

Podemos, el 15-M y el tercer clivaje

4146-alcalde en 15M 2Ramón Espinar Merino, politólogo y activista social.

 

 

1. El orden del discurso del Régimen del 78

Hay que decir, para empezar por el principio, que las Ciencias Sociales importan con frecuencia palabras del inglés con traducciones dudosas y sonoridad espantosa. Es el caso de los “clivajes” o cleavages. Se trata de un concepto de los politólogos Lipset y Rokkan que, a finales de los 60, comenzaron a aplicar para caracterizar las grandes tensiones discursivas de los sistemas políticos. A menudo el estudio de los sistemas políticos se emprende a través de esquemas que caracterizan a sus actores (partidos, instituciones, sindicatos, grupos de presión…) y trazan líneas útiles para entender, a modo de fotografía, lo existente. Estos esquemas resultan poco operativos si lo que se quiere no es una foto fija, sino una aproximación diacrónica de lo que puede suceder, de las posibilidades abiertas en cada sistema político. El concepto de clivaje sirve para ampliar horizontes: sitúa en el centro de la mirada las principales tensiones, los ejes discursivos en torno a los cuales orbita la intervención de los actores. Los clivajes clásicos tienen que ver con las tensiones campo/ciudad, trabajador/empresario, centro/periferia o Iglesia/Estado.

El Sistema Político Español (así, en mayúsculas) emanado del proceso de transición a la democracia posterior a la muerte de Franco se estructuró en torno a dos grandes clivajes que subsumían a los demás: el eje izquierda/derecha, que incorporaba la cuestión del trabajo o la relación Iglesia Católica/Estado y la cuestión territorial, ahormada fundamentalmente en torno a las tensiones centro/periferia y el encaje de Catalunya y Euskadi en la estructura territorial del Estado. Estos dos ejes han articulado una arquitectura institucional que ha aquilatado el modelo con el paso de los años: la representación político-institucional de la izquierda se sustanciaba, a grandes rasgos, en el voto al PSOE como referente mayoritario y a Izquierda Unida como opción minoritaria mientras que el de la derecha, desde los años 80, terminó por confluir en el PP. El País y la Cadena Ser eran los medios de comunicación más autorizados para la izquierda mientras que la derecha prefería la cadena COPE y los diarios ABC y El Mundo. Los sindicatos UGT y CCOO representaban la defensa de los trabajadores, pero también la defensa del modelo social de la izquierda mientras que la patronal y la iglesia eran los referentes sociales de la derecha. Catalunya y Euskadi produjeron subsistemas políticos diferenciados encarnados por partidos políticos nacionalistas de derechas (CiU y PNV), alternativas a su izquierda (ERC, izquierda abertzale), diarios autonómicos y una institucionalidad propia. Y así, a grandes rasgos, con cada ámbito de la vida pública: cada uno de los dos clivajes ordenaba la convivencia y diferentes actores encarnaban una u otra opción en torno a cada eje discursivo.

 

2. Democracia, sí, pero cómo.

Otro elemento clave en la estructura del Sistema Político Español ha sido la casi exagerada centralidad del concepto de “democracia”. En los años 80, los politólogos Montero y Morlino efectuaron estudios sobre la democracia en el sur de Europa distinguiendo entre los conceptos de legitimidad concreta y difusa. La primera atendía al grado de satisfacción y acuerdo de la ciudadanía con las instituciones concretas de la democracia, la segunda a la adhesión que, en abstracto, se mostraba en cada país por la democracia como sistema de gobierno. Uno de los resultados más relevantes del estudio apuntaba hacia una inmensa legitimidad difusa de la democracia en el sur europeo, derivada de la contraposición entre esta forma de gobierno y las dictaduras que la región había padecido. Particularmente en España, la legitimidad concreta de gobierno, oposición, partidos o sindicatos nunca ha tenido cotas demasiado elevadas, mientras que la democracia como sistema obtenía grados elevadísimos (por encima del 90%) de adhesión.

La centralidad del concepto de democracia, sus altas cotas de adhesión y el ordenamiento del sistema político en torno a los dos clivajes explicados en el epígrafe anterior, arman un modelo discursivo particular cuyas debilidades afloran en la crisis económica que arrancó en 2008. Si se atiende a los lemas y propuestas centrales en el 15-M, que representa la primera irrupción relevante en la arena política española de un actor al margen de las estructuras de poder del 78, se pueden rescatar algunos rasgos muy interesantes:

  • La absoluta centralidad del concepto de democracia en cada una de las expresiones de acción colectiva.
  • La no ubicación del movimiento en los ejes que enmarcaban los dos clivajes que ordenaban el Régimen del 78: ni izquierda/derecha ni las tensiones territoriales aparecían como elementos a tomar en cuenta salvo en los lugares donde las segundas ya estaban presentes como demanda popular (Catalunya, Euskadi y, en menor medida, Galicia).
  • La sustitución de estos clivajes por una incipiente identidad popular que se confrontaba con las élites políticas y económicas, ensayando fórmulas de antagonismo como el 99% contra el 1%, los de abajo contra los de arriba, la ciudadanía contra la clase política o el Pueblo que no es “una mercancía en manos de políticos y banqueros”.

Estos tres elementos sitúan la disputa que aflora a partir de mayo de 2011 y que, al parecer, ha venido para quedarse en la política española: la pugna por una redefinición de un concepto de democracia que vaya mucho más allá del orden vigente y la irrupción de un tercer clivaje que compone un antagonismo entre gente corriente y élites, a quienes se responsabiliza de la crisis económica y su gestión. Se produjo, en torno al 15M, una concatenación de factores que apuntan a una suerte de tormenta perfecta para la apertura de un tercer clivaje que, en convivencia y superposición con los dos anteriores, se asienta sobre elementos relacionados con el riesgo (y la percepción) de grandes grupos de población de quedar completamente fuera de un sistema que garantizaba el derecho a la ciudadanía a través del trabajo y el salario en un momento histórico en que trabajo y salario han declinado como producto de un modelo económico neoliberalizado.

A ese factor estructural, se le suma un proceso de cierre de la democracia: en toda sociedad democrática existe una tensión entre lo constituyente y lo constituido, es decir, entre la apertura y debate público de los elementos centrales y fundantes de esa democracia y el cierre en torno al Estado de Derecho y la ley. Es un debate que divide dos concepciones de qué cosa sea la democracia que son, precisamente, las que están en disputa hoy en día en España: a un lado del ring se sitúa la concepción de la democracia como respeto a las leyes y los procedimientos y al otro, la concepción de que no todo cuanto recoge la ley es justo y que esta puede ser cambiada, alterada y transgredida para la consecución de fines necesarios para el propio desarrollo de un modelo democrático. Así ha sucedido con el fenómeno de la paralización de desahucios donde la legalidad vigente imponía la ejecución, pero la legitimidad social se situaba del lado de quienes perdían su vivienda y quienes resistían con ellos para evitar que quedaran en la calle.

La primera concepción, extendidísima entre los partidos mayoritarios, ha sido la que ha ordenado, en mitad de una crisis económica que ha reestructurado todos los elementos de la convivencia, el discurso del “no se puede”. No se podía hacer nada más que lo que se hacía: aplicar políticas de austeridad y recortes sobre una ciudadanía que sufría los efectos del empobrecimiento y la precariedad.

 

3- Podemos: encarnar el nuevo antagonismo, redefinir la democracia.

En este marco, la operación política que un actor podía plantear para redefinir el escenario en que se jugaba la partida de la política del país consistía en hacer suyas las demandas populares: definir un sujeto que nada tuviera que ver con las viejas élites y se les opusiera, desarrollar metodologías de democracia participativa e inclusión en un momento de demanda ciudadana de intervención política y oponer al orden existente una alternativa que planteara “ustedes y su crisis no son la democracia, la democracia es la gente corriente y sus derechos”. Exactamente la estrategia de Podemos.

Más allá de la presencia mediática de Pablo Iglesias y su habilidad, que ha sido fundamental, los árboles deben dejar ver el bosque para comprender toda la complejidad de la irrupción de un actor político que, surgido de la nada, apunta hoy a disputar el gobierno a los dos grandes partidos. Podemos no es una operación de márketing diseñada por intelectuales, aunque el papel de estos ha sido determinante, sino la capacidad de una herramienta de conectar con el sentir mayoritario de la ciudadanía y convertir una pulsión de cambio y destitución en voluntad de poder político.

Desde la noche del 22 de mayo de 2014, cuando obtuvo el apoyo de más de 1.250.000 electores y se convirtió en la sorpresa mayor de la historia reciente de este país, las proyecciones electorales, la afiliación y el apoyo popular a Podemos no han parado de crecer. El resultado electoral, lejos de percibirse como la institucionalización y captura de un sujeto de cambio, ha reforzado la idea-fuerza de esta alternativa: ha dibujado un horizonte en el que sí se pueden cambiar las cosas. Y ha multiplicado la ilusión.

Nadie debe echar las campanas al vuelo en tanto que son sondeos y encuestas quienes sitúan a Podemos como alternativa de poder, no existen hechos tangibles y el cambio ni siquiera ha comenzado a asomar en términos de políticas efectivas. Sin embargo, nadie en este país puede sustraerse a la sensación de que un terremoto ha asolado el sistema político y nada volverá a ser como antes. La desorientación campa por sus reales, especialmente en el PSOE, que no encuentra un solo eje discursivo en el que situarse para desarrollar un discurso ganador: desbordado por IU en el eje izquierda/derecha, a centro y periferia en el debate territorial y situado entre la casta y lo viejo frente a la alternativa ciudadana que representa Podemos.

El momento destituyente comienza a dar paso a un cambio y a traducirlo no en alternancia entre PP y PSOE, sino en términos de alternativa, en políticas diferentes y en recuperación del debate democrático de fondo, el de cómo se quiere organizar la sociedad y a qué sectores sociales deben defender las instituciones de la democracia.

«Todo es caos bajo las estrellas, la situación es excelente», Mao.

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